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lunes, 19 de septiembre de 2011

EL RALL (ESPARAVEL) Y LA PESCA ANCESTRAL



En un verano de hace años, en la playa de Piles, tuve oportunidad de ver al último “rallaor” o pescador con rall (esparavel). Dicho de esa forma suena como “el último mohicano”, “el último de Filipinas” o similar y, realmente y por suerte, no ha sido así, aunque, para mí, casi. Yo acudía a diario al citado lugar con la familia y, mientras mis hijos, aún pequeños, se peleaban con sus velas, y su madre suspiraba para que la franja de agua entre las velas y la arena no fuera muy grande, yo leía, paseaba, miraba mucho por doquier y admiraba la mar. En uno de los paseos me encontré de frente al tío Sento –permitidme la licencia-, setenta y tantos, alto, delgado, casi seco, piel curtida, sombrero de paja, camisa arremangada, pantalones cortos que fueron largos, descalzo y el rall sobre el hombro y parte del antebrazo; iba con otro paisano algo más joven, el aprendiz, con uniforme similar y que cargaba con un cubo de plástico y un pequeño capazo. Estaba parado, escudriñando la mar, las pequeñas olas que llegaban a mojar sus pies; de repente, con una energía salida de no se sabe dónde, el tío Sento avanzó un metro en el agua y lanzó con destreza la red quedando con la cuerda en la mano, el círculo de malla permaneció abierto menos de un minuto para ir cerrándose por la acción de las manos del tío Sento sobre la cuerda: de la red, el compañero sacó después un pequeño mabre plateado con listas transversales que introdujo en el cubo, bajo un cacho de saco mojado.
 




La RAE nos dice: esparavel. (de esparver). m. Red redonda para pescar, que se arroja a fuerza de brazo en los ríos y parajes de poco fondo.

Hoy, doce o trece años después, he podido ver otro rallaor deambulando, con el rall al hombro, por la playa de L´Ahuir. No he tenido oportunidad de disfrutar de ningún lance: no ha coincidido, en el tiempo que le he seguido a distancia, que el deportista avistara pieza alguna; no obstante, he sentido algo al comprobar que ese arte de pesca sigue vivo, una pequeña alegría que se mezclaba con el aire salobre que penetraba por la garganta y llenaba el pecho; y no era sólo eliminar una posible nostalgia (algún día hablaremos de la microeconomía).
 



El rall consiste en una red circular que tiene unos plomos repartidos en el borde de la circunferencia, del centro sale una cuerda, por una anilla, que permite recoger la red; el funcionamiento de cierre es posible gracias a unos tirantes distribuidos radialmente en la red, que, al tirar de ellos en la recogida de ésta crean una bolsa donde queda la pesca.


Éste es, en esencia el rall utilizado en las costas valencianas, pero, al margen del tamaño del mismo, que se mide por el diámetro de la red, existen muchas variantes, desde la evolución del material –hilo, nylon, acrílico-, forma y tamaño de los plomos, hasta grandes cambios acomodándose al tipo de fondo, mayores calados, lanzamiento desde fuera del agua, etc., que conllevan variaciones en la red, tirantes, y bolsa.


Se cuenta, cuéntase que este arte de pesca es de origen fenicio pero que alcanzó las tierras valencianas, como tantas otras costumbres, de la mano de los musulmanes; fue en Valencia donde se perfeccionó y desde donde, posteriormente, se propagó por el resto del mundo (que no es poco). Después de varios siglos, y con adaptaciones a los usuarios, al medio y a los objetivos, la pesca con rall se practica en países tan distantes y dispersos como algunos del Golfo de Guinea en África, La India en Asia, Cuba en las Antillas, Guatemala en Centroamérica, Florida en Estados Unidos o Brasil en Sudamérica. El rall recibe también otros nombres como Rayo, Tarraya, Atarraya, Tarrafa, Tarafa,…



En Valencia, al parecer, este arte se ejercitaba inicialmente de forma profesional por los pescadores de la Albufera y, también, por los cultivadores de los arrozales que capturaban mújoles, anguilas, samarugos, “fartets”, doradas, lubinas,… en los canales y acequias que alimentaban sus campos o en las bocas de entrada y salida de la Albufera; posteriormente se fue extendiendo por otros cauces y por la costa. Queda constancia histórica de esto en el Diccionario histórico de los artes de la pesca nacional, Volumen 3 (*).

La pesca con rall es una pesca realmente muy deportiva y totalmente selectiva. Por una parte, no suele utilizarse cebo, se camina mucho, se busca la pieza, se la divisa –lo que requiere habilidad-, a veces se la sigue y se la espera, se lanza la red –arte difícil- y se recoge –tampoco fácil si se quiere que no se enrede y quede casi lista para un nuevo lance- y, por otra, el paso de la malla condiciona el tamaño de la pesca y siempre, siempre, se pueden devolver vivas las piezas al agua. Ésta sería a “pez visto”, pero existen otras modalidades consideradas menos deportivas por los puristas como, por ejemplo, la pesca “a ciegas o al bulto”, cuando los lances se realizan por la noche en zonas que pueden haber bandadas de peces, o la pesca “con señuelo”, cuando se deja un pez amarrado que atrae a los otros.

En cualquier caso se trata de un arte nada fácil, empezando por saber avistar el pez en el agua, limpiamente, o por destellos, o por pequeños movimientos, o por el ritmo de las olas, o…; después estimar la profundidad, ritmo de natación y dirección –que puede cambiar fácilmente por cualquier motivo y seguro si percibe al rallaor-; todo esto en muy poco tiempo porque, rápidamente, hay que decidir lanzar la red y dónde debe caer ésta totalmente desplegada (huelga decir que, en la acción, la red no puede sufrir líos ni enredos). El lance requiere su técnica porque la red, según el calado, tarda un tiempo en llegar al fondo y hay que ir por delante del pez para atraparlo: el objetivo es que red y pez se encuentren en el sitio adecuado y en el momento oportuno (y éstos los suele elegir el pez).



Es de agradecer la existencia de personas y asociaciones que han luchado y luchan por conservar viva esta práctica, tanto por los vericuetos legislativos como generando interés y estímulo en algunos pueblos, en particular, y en la sociedad, en general. Existen concursos de rall que, además de promocionar esa pesca, dan a conocer a verdaderos maestros en ese arte milenario. En el Grao de Castellón existe un monumento al rallaor, homenaje al practicante de tan digna modalidad de pesca que viene a rememorar, también, el rall.






Al ver rallar no puedo menos que imaginar un pulso, una pequeña lucha entre diferentes habilidades, pericias, talentos,… y, siendo en la mar, evocar esa pequeña gran obra de Hemingway, “El viejo y el mar”: siempre, siempre un Santiago y un pez (y… esperemos que muchos Manolines).



(*) Obra muy completa, escrita por Antonio Sañez Reguart en 1790, que nos describe perfectamente el esparavel utilizado, hace unos siglos, en la zona de la Albufera y nos detalla cuidadosamente su manejo y rendimiento. Aquí adjunto una lámina, imagen del contenido del libro.












 



A todos, ¡feliz jornada!

martes, 13 de septiembre de 2011

CABEZA DE RATÓN vs. COLA DE LEÓN


Hoy, en la playa, sentado bajo la sombrilla y recibiendo de pleno la brisa marina, empiezo a leer un libro que tenía por casa desde hace mucho tiempo, se trata de “La Revolución Francesa” de Albert Soboul (*). La Introducción –Causas de la Revolución Francesa y sus caracteres- comienza así: “La Revolución Francesa señala la llegada a la historia de Francia de la sociedad burguesa y capitalista” y más adelante agrega que “merece ser considerada como el modelo clásico de revolución burguesa”.



La paz sigue reinando en la playa, de vez en cuando levanto la vista e intento digerir el texto del escritor francés; a veces debo releer algún punto. En el mismo capítulo, más adelante, se dice: “Los artesanos, pertenecientes a las clases populares por sus condiciones de vida y a menudo por la miseria que conocían, poseían, sin embargo, su tenderete y sus herramientas; el tener bajo su disciplina a obreros y aprendices acentuaba su mentalidad burguesa. Pero el apego al sistema de producción reducida y de la venta directa les enfrentaba a la burguesía comercial y al capital comercial…” y concluye: “De ahí que, entre los artesanos y tenderos que formaron los dirigentes del movimiento popular, se dieran aspiraciones contradictorias”.



Esta situación en Francia de finales del s. XVIII me trae a la mente otra más próxima, un internado de España en la segunda mitad del s. XX. Los alumnos nos encuadrábamos en tres Divisiones:
·           La de los Pequeños, que cubría todos los cursos previos al bachillerato y tenía poco peso social en el conjunto
·           La de los Medianos, donde entraban los alumnos de bachiller elemental (10/11 à 13/14 años) y era la más numerosa
·           La de los Mayores que recogía a los muchachos de bachiller superior y preuniversitario (14/15 à 16/17 años)

Dentro de cada División, los “mayores” tenían más derechos que el resto de alumnos de cursos inferiores, derechos, poco democráticos, logrados por veteranía, edad,… o fuerza; lo habitual. Al mismo tiempo, los colegiales de la División de Mayores tenían prerrogativas que carecían los de la División de Medianos; por ejemplo, ciertos permisos para salidas del Colegio, dormir en celda, en lugar de hacerlo en el pabellón común, etc.

Recuerdo que cuando comenzamos el curso correspondiente a 4º de bachiller, el tutor, o quizás fuera el prefecto (jefe de estudios), nos dio la bienvenida y nos soltó el pertinente discurso –“Hoy empieza un nuevo curso…” “… su característica principal es que va acompañado por la Reválida,…” “…pero vosotros, si trabajáis convenientemente podréis lograr… …bla, bla, bla…”-, al final del cual dijo algo así: “Ya estáis en el último curso de la División pero seguís en la División de Medianos y, por encima, continúa existiendo la División de Mayores, a la que probablemente accedáis el curso venidero; vais a probar las dos cosas, este año sois cabeza de ratón y el próximo seréis cola de león; en la vida, ¿qué vais a preferir ser: cabeza de ratón o cola de león?”. 

Bien, después de tantos años he recordado la frase y su incidencia y la pregunta sigue en pie. Para mí la respuesta del premio no existe, no sólo para unas personas puede ser mejor una alternativa y la contraria lo ideal para otras, sino incluso para una misma persona la opción puede ser A ó B en diferentes momentos de la vida o en un mismo momento con diferente circunstancia (¡Buenos días, Sr. Ortega!).



(*)Albert Soboul (la mayoría de fuentes coinciden en que nació en Suresnes en, 1911 y no hay discrepancias con su fallecimiento en 1982 en Nîmes) Historiador francés. Fue secretario general de los Annales Historiques de la Révolution Française. Dedicado al estudio de la sociedad francesa del s. XVIII y de la Revolución, desarrolló la línea de pensamiento de raíz jacobina de J. Jaurès, Mathiez, Lefebvre y Labrousse. Es autor de Historia de la Revolución francesa (1964), Problemas campesinos de la Revolución francesa (1976), Entender la Revolución (1981), entre otros.


 








Desde la orilla de la mar, ¡buena jornada para todos!

lunes, 12 de septiembre de 2011

EL GUARDIÁN DE LA PLAYA


En nuestro habitual paseo, ayer por la tarde, pudimos observar en la zona sur de la playa a un muchacho que habiendo depositado en la arena un capazo de goma (de los que vinieron a sustituir, en el campo, a los denominados “de palma”), un recipiente de menor volumen y media docena de parrochas, se afanaba espetando una de éstas en la arena. El arte de la pesca consistía en sujetar cada sardinilla en la orilla, donde el agua cubría apenas 4 ó 5 cm., con un palillo largo clavado en la arena. Los diminutos pececillos que pueblan esta zona acudían en pequeñas bandadas a mordisquear el cebo, momento aprovechado por el joven pescador para arrastrar el capazo, tumbado previamente en el mar, hacia la playa con su carga de pececillos, sardina, palillo y… bastante agua; a continuación filtrar la pesca y recomenzar la tarea.



Al margen de lo discutible sobre el tamaño de la captura, me entran serias dudas sobre el rendimiento de esta fórmula pesquera: no creo que el pescador tuviera paciencia para acumular más allá de 125 / 150 grs. de pesca -¿equivalente al peso de la media docena de parrochas?- que, aún pudiendo ser un bocado exquisito, dudo que sea equiparable a la gambita, por ejemplo, y mucho menos al camarón.

Bueno, no está mal para pasar el rato…, si no fuera, repito, por el tamaño de la captura.

Hoy, en nuestro paseo matutino y aproximadamente en el límite norte de la zona nudista, hemos podido observar un pequeño barco pesquero, faenaba cerca de la costa y siguiendo una línea paralela a ésta; nos ha extrañado su proximidad, a estas horas, a la zona de baño, aunque lo cierto es que en esos momentos sus motores eran imperceptibles.



Un poco después casi tropezamos con el “guardián de la playa”: sentado sobre sus cuartos traseros, la mirada fija en la mar, sin importarle para nada los paseantes, el can vigilaba atentamente el baño de su dueño –imagino-; seguía atentamente las evoluciones del bañista sin moverse de la orilla con su pose de esfinge apenas animada por la respiración y los pequeños movimientos, casi imperceptibles, de pecho y cuello. Desconozco el nombre de la raza de este pequeño perro (estructura fuerte, orejas tiesas, ¿bulldog francés?), pero me ha parecido tan digno el animal que se ha ganado mi admiración, a pesar de que no soy muy amante de los perros de pequeño tamaño, y dejo constancia con unas fotografías.






Las virtudes de los perros son tantas y su dedicación al hombre tan profunda y exclusiva que han merecido muchas páginas de buenos escritores; poco que agregar aquí, por tanto, al respecto.

No obstante, quiero dejar un recuerdo de los perros que me acompañaron en algún momento de mi vida, los mastines Thor y Dacsa, por ejemplo, en la real; el cruzado Gris, en la ficticia.

Desde L´Ahuir, ¡feliz jornada!